Ocupación de Antofagasta

Ocupacion de Antofagasta

A fines de 1878, el gobierno y el congreso bolivianos rechazaron el arbitraje propuesto por Chile y desearon llevar la situación internacional hasta sus últimas consecuencias. De acuerdo con esta política, el Presidente de Bolivia general Hilarión Daza ordenó a las autoridades de Antofagasta cobrar el impuesto decretado y como el administrador de la Compañía se negara a cancelarlo, fue encarcelado y más adelante fue ordenado el remate de las salitreras.

Ante esta situación, el Presidente de la República don Aníbal Pinto, reunidos con sus ministros y miembros del Congreso, acordaron no permitir semejante atropello a la dignidad nacional, disponiendo la ocupación militar de Antofagasta para el 14 de febrero de 1879, fecha en que se verificaría el remate de las salitreras.

Para el cumplimiento de la orden gubernativa el preciso día del remate amanecieron en dicho puerto los blindados Blanco Encalada y Cochrane, y la corbeta O’Higgins, que desembarcaron tropas de ejército al mando del coronel Emilio Sotomayor, que tomó posesión de Antofagasta. Se ocuparon después los puertos de Mejillones y Cobija, quedando el litoral boliviano controlado por fuerzas navales chilenas.

La ocupación de Antofagasta causó gran sensación en el Perú, gobernado por el general Mariano Ignacio Prado, quien envió a Chile una misión diplomática encabezada por don José Antonio Lavalle, que traía el propósito de dilatar la situación a fin de preparar mejor las fuerzas militares y obtener la alianza de Argentina.

Lavalle no consiguió su objetivo y hubo de embarcarse de regreso a su país en el vapor Liguria que salió de Valparaíso al Callao a comienzos de abril. El presidente Pinto comisionó al capitán de navío Patricio Lynch para que acompañara al señor Lavalle y comitiva desde su salida de Santiago; comisión que cumplió con su buen sentido diplomático.

Ésta fue la primera actuación oficial del comandante Lynch, en los preliminares del conflicto.

Se dijo que al dejar a Lavalle en el vapor le expresó:

«Crea usted que me será muy sensible desenvainar mi espada contra el Perú y que desearía que hubiera algún medio para evitar la guerra.

Ruego a usted que se digne ofrecer mis respetos al señor general Prado, de quien soy amigo personal».

 

Desde el fracaso de la misión Lavalle, el Perú apreció que se acercaba una conflagración, acelerando por esta razón la preparación del ejército y de la escuadra.

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